sábado, 12 de marzo de 2016

"Día del Seminario. Enviados a reconciliar"

En estos días, cercanos a la fiesta de san José, celebramos el día del Seminario. En este año jubilar de la misericordia el lema contiene la misión del sacerdote: “Enviados a reconciliar”. El sacerdote es, por naturaleza, conciliador.

Vivimos en un mundo fragmentado, donde muchas veces el hombre no vive, sino que “sobrevive”, con muchas heridas en el camino, sumido en una vorágine de superficialidad y consumismo por un lado, y de ensimismamiento, dispersión e individualismo exacerbado por otro, un mundo necesitado de la misericordia divina. Hemos de reconocer y aceptar que andamos heridos por la vida, y pedir a quien tiene el poder de curar que nos ayude a sanar. 

Dios se ha apiadado de la humanidad sufriente. Su misericordia se ha desbordado sobre nosotros y viene en nuestra ayuda para consolarnos, para darnos fuerzas en medio de la adversidad, para curar tantas dolencias de los seres humanos. Nos recuerda el Papa que Jesucristo es el rostro visible de la misericordia del Padre, que ha descendido hasta nuestra humanidad herida para curarnos. Él es el buen pastor, lleno de misericordia y compasión. Por eso, cuando veía a “las gentes que estaban cansadas y agobiadas como ovejas sin pastor”, se apiadaba de ellas. Jesús encarna de este modo las entrañas de misericordia y de ternura de nuestro Dios, especialmente con aquellos que más lo necesitan.

Él mismo quiso confiar a sus apóstoles este “ministerio de misericordia”, que hoy continuamos los obispos, como sucesores de los apóstoles, y nuestros colaboradores los sacerdotes. Sin duda, la vocación al ministerio sacerdotal es un gesto de misericordia que Dios tiene con el que es llamado, pero a la vez con toda la Iglesia que necesita sacerdotes para acercar al hombre de hoy la misericordia entrañable de nuestro Dios.

 El sacerdote, como Cristo, es icono del Padre misericordioso, y es enviado a reconciliar a los hombres en nombre de Cristo. El corazón del sacerdote que fija la mirada en Jesús está lleno de amor, amor que tiene un nombre extraordinario: misericordia. Por eso el sacerdote está llamado a tener un corazón que se conmueve ante el sufrimiento, que acoge a los hombres con ternura, que perdona sus pecados con misericordia y que tiene una palabra de consuelo en la aflicción. De esta manera los sacerdotes por medio de su vida y su ministerio se convierten en testigos de la misericordia divina que previamente han experimentado.

Ante el día del seminario, hemos de implorar con fe al Señor que no aparte su mirada misericordiosa de nuestra diócesis, y nos otorgue la gracia de tener más sacerdotes que sean instrumentos de su misericordia. En nuestro seminario se forman actualmente ocho seminaristas, que sin duda, son una bendición del cielo para nuestra diócesis de Ávila. También contamos con unos diez seminaristas “en familia”. Sin embargo precisamos más vocaciones al ministerio ordenado para atender tantas necesidades pastorales y tantas personas necesitadas de misericordia en nuestra Iglesia particular de Ávila.

Amigos diocesanos, necesitamos sacerdotes que vivan este amor misericordioso de Dios, que, como dice el Papa Francisco, vivan su vocación sacerdotal, con gozo, como un regalo de la misericordia de Dios. Os invito a que en vuestras oraciones pidáis con humildad a Dios la gracia de más vocaciones al sacerdocio, al mismo tiempo que os pido una oración por nuestros seminaristas para que perseveren en el camino emprendido. Y rezad también por mí y por nuestros sacerdotes para que seamos, con nuestras palabras y testimonio de vida, verdaderos testigos de la misericordia divina.

Con mi afecto y bendición

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