jueves, 11 de febrero de 2016

Confiar en Jesús misericordioso como María

Este 11 de febrero, fiesta de Nuestra Sra. de Lourdes, vamos a celebrar la XXIV Jornada mundial del enfermo. El lema elegido para esta Jornada es: «Confiar en Jesús Misericordioso como María: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5)». Con este lema, el Papa Francisco nos propone reflexionar sobre el pasaje evangélico de las bodas de Caná. Recordemos: ¿Qué hace la Madre de Jesús durante esta fiesta? Está atenta, descubre una dificultad, la hace suya, y actúa rápidamente acudiendo a su Hijo. Finalmente confía en Jesús: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5).

En la escuela de María aprendemos las actitudes más concretas de nuestro encuentro con los enfermos: estar atentos para poder percibir cualquier necesidad; mirar hacia dentro para hacerla nuestra, para que nos duela su dolor, su soledad, la situación de desamparo; después, orar, es decir, ser conscientes de que contamos con Alguien que puede remediar esta situación, presentándola a Jesús. Finalmente, confiar, poner en manos de Jesús el dolor del enfermo, de su familia, de la sociedad, de nuestra Parroquia, de la Iglesia y de la humanidad.

Entonces nos pasará lo que sucedió a María: al observar que el amor misericordioso hacia aquellos esposos provenía de su Madre, Jesús irresistiblemente obra el milagro: convierte el agua en vino, la tristeza en gozo, el fracaso en éxito jubiloso.

En este pasaje evangélico que todos conocemos bien hay otros personajes muy interesantes: los sirvientes, ¿qué hacen estas personas? A pesar del ajetreo de la boda, prestan atención a María, la escuchan. A primera vista no tendrían por qué, era una invitada, pero ven en aquella mujer algo diferente. Además de escucharla le obedecen, siguen sus indicaciones: «haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Jesús quiere contar con ellos, porque les ha visto como buenos servidores y les concede la categoría de ser sus colaboradores en aquel prodigio: «Llenad las tinajas de agua» (Lc 2, 7). Se podrían haber reído de semejante ocurrencia, pero algo les dice que la cosa va en serio y obedecen; además, confían y sin miedo a quedar en ridículo llevan al mayordomo aquella agua, seguros de que algo ha sucedido.

Todos nosotros, sacerdotes, religiosos y laicos, enfermos o sanos podemos ser servidores de Jesús, de María y de la Iglesia. Entre estos servidores están los visitadores y visitadoras de los enfermos que practican la obra de misericordia de visitar a los enfermos, una obra considerada como un acto de amor: «No dejes de visitar al enfermo, porque con estas obras te harás querer» (Eclo 7, 35). Son numerosos los pasajes del N.T. en los que se describe a Jesús curando y tocando a los enfermos: imponiendo las manos a muchos, quedaban sanos. También sus discípulos «ungían con aceite a los enfermos y los curaban» (Mt 6, 13). Curar en nombre de Jesús ha sido una obra de misericordia desde el inicio de la Iglesia; así la carta de Santiago invita a llamar a los presbíteros cuando alguien está enfermo, para que recen por él y lo unjan con óleo en nombre del Señor. Porque con la oración el Señor lo restablecerá (cf. 5, 14-15).

Como indica el Papa, «podemos ser manos, brazos, corazones que ayudan a Dios a realizar sus prodigios, con frecuencia escondidos. También nosotros, sanos o enfermos, podemos ofrecer nuestras fatigas y sufrimientos como el agua que llenó las tinajas en las bodas de Caná y fue transformada en vino bueno».

Queridos diocesanos, pedimos a Nuestra Señora de Lourdes, Madre de los enfermos, que vuelva hacia nosotros sus ojos misericordiosos y, en este Año Jubilar de la Misericordia, nos ayude a mostrar el rostro misericordioso de Dios, de manera especial a nuestros hermanos que sufren. A ellos vaya hoy mi saludo especial, a sus familiares y a cuantos les cuidan en los hospitales, en sus hogares o en las residencias. A todos mi bendición y afecto.

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